Por el Lic. Máximo
Martínez de la Cruz.
Santo Domingo, RD.
A
raíz del ataque contra cuatro técnicos de aviación de la Fuerza Aérea de El
Salvador —miembros de la Fuerza de Supresión de Pandillas—, el vehículo
blindado en el que viajaban fue emboscado con disparos y artefactos explosivos,
lo que provocó su incendio. Aunque inicialmente lograron salir del vehículo sin
heridas, se perdió todo contacto con ellos y posteriormente se confirmó que
fueron retenidos por bandas armadas. Los hechos ocurrieron el 18 de octubre de
2026.
Desde
las primeras horas tras conocer el suceso, El Salvador ordenó el despliegue de
más de 200 efectivos militares con el objetivo de rescatarlos.
El
presidente Nayib Bukele se dirigió a los jefes de las bandas en los siguientes
términos: «Quiero que ustedes, jefes de pandillas, entiendan algo muy claro: lo
ocurrido hoy no es nada comparado con lo que vendrá si no liberan a los cuatro
rehenes con vida. No tomen nuestras palabras como amenazas vacías. Ya acabamos
con las pandillas en El Salvador, y podemos hacer lo mismo con las de ustedes.
Todavía están a tiempo de evitarlo. Devuélvannos a nuestros cuatro compatriotas
con vida y sin ningún daño, y todo volverá a ser como era antes del secuestro».
¿Podría Bukele aplicar en Haití la misma
estrategia que en El Salvador? Para
evaluar esta posibilidad, es necesario establecer primero una comparación entre
ambas situaciones.
En
El Salvador, el presidente Bukele aplicó desde el inicio de su mandato, en
marzo de 2022, un régimen de excepción mediante el cual se suspendieron
garantías y derechos constitucionales. Esta medida permitió detenciones sin
orden judicial y el despliegue masivo de las fuerzas armadas. Aprobada
inicialmente por 30 días, que venido prorrogándose en repetidas ocasiones y aún
sigue vigente.
Sin
embargo, un elemento fundamental es el Estado que ejecuta la estrategia. Bukele
basado en la fortaleza del Estado pudo aplicar su plan en El Salvador porque
contaba con instituciones operativas: policía, ejército, tribunales, centros
penitenciarios y un gobierno con autoridad central.
En
Haití, estas estructuras prácticamente no existen.
Lo que existe en El Salvador y falta en Haití: Gobierno
legítimo con control del territorio: Haití lleva años sin celebrar elecciones
presidenciales, y las bandas controlan amplias zonas de Puerto Príncipe.
Las
Fuerzas de seguridad: La policía haitiana cuenta con escaso personal, equipo
insuficiente y salarios bajos; muchos agentes han desertado y algunos se han
unido a las bandas.
La
autoridad corresponde exclusivamente al Estado haitiano. Ningún gobierno
extranjero —ni Bukele ni nadie— puede imponer en Haití un régimen de excepción
idéntico al de El Salvador, ya que esta decisión es competencia exclusiva de
las autoridades haitianas.
Las pandillas de El Salvador ejercían extorsión y
cometían delitos, pero no gobernaban territorios enteros como ocurre en Haití.
Allí, los grupos armados funcionan como poderes paralelos: dividen el país por
zonas de influencia, recaudan impuestos, controlan fronteras y rutas, disponen
de armamento de carácter militar y mantienen profundos vínculos políticos. Las
bandas haitianas han sustituido al Estado en amplias áreas, y no existe ninguna
institución capaz de recuperar el territorio una vez perdido.
El
Presidente Nayib Bukele no puede trasladar directamente su modelo a Haití. Para
que una estrategia similar tuviera efecto, necesitaría contar con un Estado
fuerte que la sustente. Cuando Bukele llegó al poder en El Salvador, las
instituciones ya existían y funcionaban; en Haití no es así.
Sería
necesario reconstruir primero todo el aparato institucional del país, y ninguna
fuerza externa puede lograrlo por sí sola. El temor que infunden las bandas
haitianas no tiene comparación con la situación que existía en El Salvador
antes de estas medidas. El problema haitiano tiene una magnitud y una
profundidad institucional muy superiores; lo que funcionó en El Salvador no
puede aplicarse directamente sin una reconstrucción previa del propio Estado.


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