El estudio fue realizado por un equipo multidisciplinario que contó con la participación de especialistas del Centro de Diagnóstico Medicina Avanzada y Telemedicina (CEDIMAT) y de la Fundación Manantial de Vida. Sus hallazgos apuntan a la existencia de marcadores neurológicos y psicológicos comunes en hombres que han cometido feminicidios, un dato que, lejos de justificar el crimen, aporta elementos clave para comprender mejor sus causas.
La investigación reveló que una proporción significativa de estos agresores presenta una reducción en la densidad de materia gris en áreas del cerebro asociadas al control de los impulsos, la toma de decisiones y la regulación emocional. En términos sencillos, ciertas alteraciones neurológicas podrían influir en la dificultad de algunos individuos para manejar la frustración, el rechazo afectivo o la ira, facilitando conductas violentas extremas.
Los propios investigadores han sido claros: la ciencia no absuelve ni excusa el crimen. Sin embargo, comprender los factores biológicos, psicológicos y sociales que confluyen en estos actos puede ayudar a diseñar estrategias de prevención más efectivas y a intervenir antes de que la violencia alcance consecuencias irreversibles.
Y la urgencia de actuar es evidente. Cuando se pensaba que la violencia de género mostraba señales de disminución en el país, un titular estremeció nuevamente a la opinión pública: “Feminicidios aumentan 200 % en los primeros dos meses de 2026”. En apenas sesenta días, 18 mujeres fueron asesinadas por sus parejas o exparejas, de acuerdo con cifras citadas por organizaciones dedicadas a la prevención de la violencia.
Cada uno de esos casos representa mucho más que una estadística. Son vidas truncadas, familias destruidas y una señal inequívoca de que como sociedad se sigue fallando en la protección de las mujeres.
El problema no es exclusivo de República Dominicana. Informes regionales colocan a países como Honduras, El Salvador, Bolivia, Brasil y la propia República Dominicana entre los que registran mayores tasas de feminicidio en América Latina. La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) ha advertido que los datos nacionales reflejan una violencia feminicida persistente, confirmando que se trata de un fenómeno estructural y no de hechos aislados.
Las víctimas, en su mayoría, pertenecen a dos grupos etarios particularmente vulnerables. El primero lo conforman mujeres entre los 30 y 44 años, mientras que el segundo incluye adolescentes y jóvenes de entre 15 y 29 años, una realidad que evidencia la amplitud generacional del problema.
A este drama se suma otro, menos visible pero igualmente devastador: el de las víctimas indirectas. Hijos, hijas y familiares que dependían de las mujeres asesinadas quedan marcados por el trauma, muchas veces enfrentando abandono emocional, precariedad económica y ausencia de apoyo institucional suficiente.
Desde el Estado se han reconocido avances y retrocesos. En noviembre de 2025, la ministra de Interior y Policía, Faride Raful, informó una reducción preliminar de 30,98 % en los feminicidios durante ese año, con 49 casos registrados frente a los 71 del período anterior. El presidente Luis Abinader, por su parte, ha manifestado preocupación por el tema desde el inicio de su gestión.
En el marco del Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres, el mandatario presentó ante el Consejo de Ministros el Plan Estratégico por una Vida Libre de Violencia para las Mujeres, acompañado de un acuerdo interinstitucional alineado con los Objetivos de Desarrollo Sostenible. También se han habilitado casas de acogida en distintas provincias para proteger a mujeres en situación de alto riesgo.
Pese a estos esfuerzos, el consenso es claro: no basta. Una de las debilidades más evidentes ha sido la falta de continuidad en las campañas masivas de educación, información y sensibilización social. Sin una estrategia educativa sostenida, la prevención queda incompleta.
Combatir el feminicidio exige acciones simultáneas y articuladas: investigación científica, educación emocional desde la infancia, atención psicológica oportuna, protección real a las víctimas y consecuencias firmes para los agresores.
La ciencia puede ayudar a identificar factores de riesgo y a comprender ciertos comportamientos. Pero la responsabilidad final sigue siendo colectiva.
Porque detrás de cada feminicidio no solo hay un agresor y una víctima. Hay una sociedad que aún no logra erradicar la violencia como forma de resolver los conflictos afectivos. Y mientras esa lección no se aprenda en el hogar, la escuela y la cultura, las tragedias seguirán repitiéndose, muchas de ellas perfectamente evitables.
Paola Belliard, periodista y abogada de los Tribunales de la República, residente en la ciudad del Distrito Nacional , correo : paolabelliargmail.com
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