Rebecca Olivet
En la
comunicación política existe algo interesante que muchas veces pasa
desapercibido: los políticos que realmente logran trascender casi nunca son
recordados únicamente por un cargo, un partido o una campaña. Son recordados
por aquello que defendían. Por la causa que los acompañaba.
Vivimos en un
tiempo profundamente tecnológico, donde las redes sociales cambiaron por
completo la forma en que la gente percibe la política. Hoy cualquier político
puede parecer cercano. Una buena fotografía, un video bien editado, una
estrategia emocional o una frase viral pueden generar interacción. Pero
conectar no siempre significa ser creíble.
Y ahí es donde
aparece una gran diferencia.
Existe un rechazo
evidente hacia la política y hacia quienes viven de ella o se desarrollan
dentro de ese entorno. Muchos jóvenes sienten apatía, desinterés o incluso
rechazo hacia los procesos democráticos. Pero también es contradictorio querer
cambios mientras se le da la espalda a la política. Porque, al final, son las
decisiones políticas las que determinan cómo vivimos, quién gobierna y hacia
dónde se dirige una sociedad.
Para quienes
trabajamos la comunicación desde la coherencia —y en mi caso, desde la construcción
de estrategias políticas para figuras públicas— existe algo que siempre termina
marcando la diferencia: los líderes que representan algo más grande que ellos
mismos.
Sí, todos los
políticos son personajes públicos. Pero también son seres humanos. Y los que
realmente conectan suelen ser aquellos que tienen un compromiso claro con una
causa, con una lucha o con una visión colectiva.
Una de las
preguntas que más me hacen en consultorías es:
¿qué hace
diferente a un político?
¿Cómo un político
logra destacar entre tantos?
Y mi respuesta
suele ser bastante directa.
Muchos políticos
conectan. Incluso una acción sencilla en redes sociales puede generar likes,
comentarios o viralidad. Pero conectar desde la credibilidad es mucho más
complejo. La credibilidad no nace de una estrategia visual; nace de la
coherencia.
Cuando observamos
a los políticos que marcan generaciones, que siguen siendo mencionados años
después y que logran construir identidad alrededor de su liderazgo, casi
siempre encontramos el mismo patrón: abrazaron una causa.
Son políticos que
representan algo digno, valioso o significativo.
Políticos que
hablan por muchas personas.
Políticos que
convierten su voz en representación.
Políticos que
transforman discursos en acciones.
Y no importa si
esas acciones son grandes o pequeñas. Lo importante es que exista coherencia
entre lo que dicen, lo que defienden y cómo actúan.
Por ejemplo,
Barack Obama no fue solamente un presidente. Su narrativa estuvo conectada con
la esperanza, la inclusión y la idea de que una nueva generación podía llegar
al poder. “Yes, we can” no era solo una frase bonita; era una emoción
colectiva.
En otro extremo
ideológico también pasa lo mismo. Donald Trump logró construir una conexión
enorme alrededor del nacionalismo, el discurso antisistema y la idea de
“recuperar” Estados Unidos. Independientemente de que guste o no, la gente
entiende perfectamente qué representa y cuál es su causa. Y eso es lo que
termina generando identidad política y enraizamiento popular.
También podemos
verlo en Nayib Bukele. Toda su narrativa gira alrededor de la seguridad, el
rompimiento con la política tradicional y la idea de autoridad. Cada acción,
cada discurso y hasta su forma de comunicar terminan reforzando la misma causa.
Y en América
Latina hay un caso que me parece extremadamente poderoso desde la construcción
narrativa: María Corina Machado.
María Corina no
necesitó que un publicista inventara completamente quién era. La misma gente
comenzó a convertirla en símbolo. “La dama de hierro” no salió de una agencia
de marketing; salió del sentimiento de millones de venezolanos cansados de la
crisis y desesperados por democracia, firmeza y valentía. La gente comenzó a
verla como una mujer que resistía, que no negociaba sus posiciones y que
representaba una lucha colectiva.
Y eso pasa cuando
una causa supera al político.
En República
Dominicana también existen ejemplos claros.
José Francisco
Peña Gómez sigue siendo recordado porque la gente sentía que hablaba por los
sectores populares, por quienes no tenían voz y por quienes necesitaban
representación real. Su conexión no era solamente política; era emocional.
Peña Gómez decía:
“Primero la
gente.”
Y aunque parece
una frase sencilla, ahí estaba resumida toda su narrativa política. La gente no
lo recordaba solamente por discursos o campañas; lo recordaba porque sentían
que genuinamente estaba del lado del pueblo y que su lucha tenía un propósito
social.
Mientras que
Joaquín Balaguer, en el otro extremo, construyó durante décadas una imagen
ligada la sociedad conservadora. A las masas silenciosas que rehúyen del
populismo, aquellos que priorizan el orden, la estabilidad, la previsibilidad,
la autoridad y la visión de Estado. Más allá de cualquier debate histórico, la
gente sabía exactamente qué representaba políticamente.
En marketing
existe un ejemplo muy sencillo para explicar esto.
No es lo mismo
decir:
“Soy estratega y
trabajo construyendo marcas”.
Que decir:
“Soy estratega
política especializada en posicionamiento, comunicación y construcción de
liderazgo para figuras de impacto”.
La segunda
definición tiene dirección, personalidad y una causa detrás.
En política
ocurre exactamente igual.
No es lo mismo
decir:
“Soy político”.
Que decir:
“Soy un político
que lucha por la educación”.
“O un político
que quiere bajar los impuestos”.
“O que defiende
las pensiones dignas para los adultos mayores”.
“O que lucha
contra la desigualdad”.
“O que representa
la libertad”.
“O que trabaja
por las mujeres”.
Cuando una causa
acompaña a un político, y este es coherente en pensamiento y acción con esa
causa, la gente comienza a entender rápidamente qué representa y por qué lucha.
Ahí es cuando los
seguidores comienzan a ponerle nombre al liderazgo.
Y esto me parece
una de las cosas más interesantes de la política moderna.
Muchas veces,
cuando iniciamos el proceso creativo de una campaña, antes de construir un
slogan formal ya la misma gente creó uno. Porque el posicionamiento emocional
ya existe.
Tal como pasó con
María Corina y “La dama de hierro”.
Eso no nace
únicamente de una estrategia de comunicación. Eso nace cuando las personas
sienten que alguien los representa de verdad.
Hoy vemos muchos
políticos intentando parecer cercanos porque las redes sociales lo hacen muy
fácil. Ahora cualquiera puede cargar un fotógrafo, grabar contenido en barrios
o documentar actividades comunitarias. Pero existe una diferencia enorme entre
parecer cercano y generar conexión real.
La verdadera
conexión ocurre cuando un político llega a un lugar y, aun sin hablar, la misma
gente habla por él.
Cuando las
personas gritan su nombre.
Cuando lo
relacionan con esperanza.
Cuando sienten
que representa algo suyo.
Pero aquí ya no
estamos hablando solamente de percepción o marketing. Estamos hablando de
impacto.
Porque los
políticos de impacto luchan. Sacrifican. Escuchan. Dedican tiempo completo.
Caminan comunidades. Entienden problemas reales. Pero, sobre todo, luchan por
algo.
Las narrativas
políticas más fuertes siempre están acompañadas de una causa o un
posicionamiento de valor capaz de llenar un hueco en el mercado político.
El político de la
educación.
El político de la
seguridad.
El político de la
juventud.
El político de
las mujeres.
El político de
las comunidades.
El político de la
libertad.
En la actualidad
vemos empresarios, gerentes y profesionales muy preparados entrando a la
política. Y eso es positivo. Pero el verdadero arraigo popular no nace
únicamente de la capacidad técnica. Nace del compromiso social. Del vínculo
emocional con la gente. Del respaldo genuino a una causa.
Porque la
política no es solamente tener el mejor equipo de comunicación.
La política sigue
siendo lucha, entrega y trabajo con la gente.


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